viernes, 4 de abril de 2008

Un día de la madre graduada

[ Con el alta de la más pequeña ]

Tras 3 años de tratamiento, próximo al domingo del Día de la Madre (octubre, 2007) fui al control en el Centro Neumonológico donde atendían a mi hija menor. Fue el lugar al que íbamos cada quince días para chequeo por parte del equipo de especialistas: neumonólogo, psicólogo, otorrino y los técnicos en pruebas audiométricas y alergias.
El médico de cabecera examinó a la chiquita y leyó todos los estudios. Habían bajado los valores de alergia. Suspendió la medicación y me dijo con una sonrisa, "ya está bien". Pueden regresar en unos meses para control. Se habían terminado las emergencias, las nebulizaciones.
Pasó 15 meses sin un episodio de broncoespasmo. Ya hablaba más fluidamente y expresaba sus enojos en palabras.
El médico sabía lo que significaba eso para mí. Me había tenido allí con cada episodio para cotejar la forma como había actuado ante la crisis (como suelen llamarla). En más de una ocasión dedicaba unos momentos de la consulta y preguntaba cómo andaban las cosas en casa. Estaban mejorando.
Salí de ese centro y las lágimas se me caían. Estaba felíz. Representaba algo así como rendir un examen. Empecé a sentir que la pesadilla pasaba. Mi hija estaba más grande y fuerte como para enfrentar de otro modo las situaciones dolorosas de la vida. No sufriría más de esos accesos de tos que decantaban en un broncoespasmo. Fue el regalo más preciado como mamá.

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