[ Angustia puesta en palabras ]
¡Vaya que tuve momentos difíciles, para ser precisos: pésimos! El primer año de separada trabajé incansablemente. Cuando terminaba de trabajar el fin de semana, ya sin las nenas en casa, ponía la música muy fuerte (como queriendo aturdirme y tapar el silencio). Luego me imponía un objetivo para que me ganara el cansancio físico. Emprendía largas caminatas para perderme por la ciudad, a veces sin rumbo fijo, pero por el solo hecho de que transcurriera el tiempo. No me gustaba mirar vidrieras o ir de shopping, solo quería que me venciera el cansancio para llegar a casa, ordenarla y alistarme para ir a la cama.
Pero en ocasiones esto no bastaba. Una tarde me tiré en el sillón de casa a llorar. Estaba muy mal. Las horas pasaron, tanto, que al despertar descubrí que la noche había ganado al día. Sólo me quedó ver alguna película, una de las tantas que alquilaba en el videoclub para hacerme compañía.
Al tiempo descubrí que además de las caminatas, la música y las películas románticas, me hacía bien escribir.
Esa semana acudí a la analista y le dije que había empezado un archivo llamado “Bitácora de viaje a quién sabe dónde”. (No se rían, me sentía un barco sin rumbo y con tripulación a bordo, que había que capitanear).
Mi analista apoyó la decisión y me pidió que cuando lo deseara, le llevara a la sesión lo que había volcado en ella.
Fue así, que en más de una ocasión, con la pantalla de la computadora como única testigo, fue que me dediqué a transcribir todas las sensaciones que me oprimían. Mi esperanza estaba puesta en volver a esas páginas mucho tiempo después, pudiendo decirme: "Esto ya pasó. Capítulo cerrado".
En realidad nunca la terminé, conservo el archivo abierto para aquellos momentos personales en que necesito canalizar mis sentimientos o hacer catarsis sola. Pero el regreso a estas páginas hoy es muy diferente.
jueves, 3 de abril de 2008
Cuaderno de bitácora
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