sábado, 5 de abril de 2008

El almuerzo más largo de mi vida

[ 12 horas frente al río de San Isidro ]

A él lo conocía hace años por motivos laborales. Comenzaron contactándome con él por un trabajo para reunir una base de imágenes. Me sorprendió la meticulosidad con que organizó la información visual. Al año lo tuve como referente para la correción de un curso en línea. El trabajo lo sacamos por teléfono y el envío del material revisado, por mail. Nuevamente fue un placer trabajar con él. Al tercer año, me encomiendan hacer un curso multimedia. El sería el especialista. Me fue dificil encontrarlo porque tenía actividades disímiles pero llegó el día de nuestra primera reunión cara a cara. Hasta el momento conocía su nombre, su modo de escritura y su voz. Cuando lo tuve enfrente me resultó familiar y si bien me había formado otra imagen física de su persona, me resultó muy agradable, su modo provinciano me hizo sentir muy cómoda. Durante 6 meses trabajamos conjuntamente hasta cumplir con nuestro objetivo. Pasó mucho tiempo y sólo lo veía en la fiesta de fin de año de la empresa. Estaba de novio y decidido a casarse y tener un hijo. Yo me estaba separando, pero nunca lo había mencionado. Cada vez que nos cruzábamos nuestras charlas eran muy amenas.
Pasados unos meses de la separación, me interceptó en el chat a raíz de un pedido por mail y en esa oportunidad me enteré que no solo no se había casado sino que estaba solo. La gran coincidencia fue que la misma fecha en que se rompió su pareja, yo me separaba formalmente.
Solo lo comenté. Ambos decíamos estar bien así. Pasó tiempo. Nos volvimos a cruzar en el chat en varias oportunidades y hubieron dos insinuaciones de invitación para tomar un café pero consideré que no era el momento. Le dije que necesitaba tomarme tiempo para pensar. Al cabo de un año, empezamos a chatear a diario. Las florcitas en mi nick lo llevaron a saludarme. A partir de ahí comenzamos un diálogo más frecuente. Nos contábamos nuestras cosas. El decía estar seguro de la mujer que quería, yo pretendía estar sola hasta los 60 (no bromeaba).
Nuestras conversaciones se habían extendido y me había insistido en un café. Al día siguiente tomé la decisión de invitarlo a almorzar para hablar de mis problemas (iniciativa inusual en mí). Le dije que quería ir a un lugar cerca del río (me gusta el agua). Me pasó a buscar. Estaba nerviosa, hacía mucho tiempo que no salía con un hombre. Almorzamos. Lo observaba mientras me observaba. Nos encaminamos a salir del lugar, pero nos llamó la atención una palmera. Le dije que soñaba con tener una casa como esa. El comentó que le gustaba el estilo. Pero agregué que la quería con una palmera como esa. Habíamos quedado en que llevaría el termo y el mate . Algo nos llevó al parque, cerca del agua. Disfrutamos de la vista y mencioné que tenía el mate (detalle que según me contó luego, representó mucho para él). Nos sentamos en un banco de plaza a llenarnos con el paisaje de veleros y agua de la orilla. Nos reimos tanto que llegamos a pensar que el agua tenía algún efecto "narcótico". No hablamos de mis problemas. Compartimos unos ricos mates, intercambiamos algunas ideas sobre la vida, vimos aproximarse una tormenta que pasó de largo, continuamos riéndonos, merendamos, nos sorprendió la luna y a las 12 de la noche le dije que quería regresar. Estaba cansada. Me despidió en la puerta de casa. Fue el almuerzo más largo de mi vida. Nunca lo olvidaré. Contra los pronósticos de muchos de nuestros amigos, no pasó nada o quizás pasó todo: una gran charla y el placer de compartir ese momento juntos. Si es real que el amor es mágico y que se produce cuando dos personas cruzan su mirada y pueden entenderse sin mayores palabras, aunque sean muy distintas, este encuentro fue su semilla.

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