[ el diálogo ]
Las comunicaciones humanas son por naturaleza compleja. Entenderse con el otro no es asunto sencillo. No creo que exista tratado alguno que pueda contemplar todos los matices y estrategias para abordarlo.
Nosotros no estuvimos ajeno a ello.
Pasamos por muchas etapas: desconcierto, enojo, bronca, mal humor, reproche, discusiones, malentendidos, y también acuerdos mínimos.
Lo más importante para mí ha sido mantener la comunicación en lo que estrictamente se refiere a nuestras hijas.
Dado que me ocupo de gran parte de las actividades de las nenas, estoy al tanto del colegio, de los médicos, actividades extraescolares, eventos sociales, etc.. y en la medida que lo considero necesario, siempre me comunico con su papá para las cuestiones de importancia. Lo mantengo al tanto de las exhibiciones, actos escolares, cumpleaños, es decir, todas aquellas ocasiones que requieren que coordinemos o incluso concurramos juntos.
El papá vive a pocas cuadras, pero por suerte existen diferentes canales de comunicación, el mail , el teléfono, un mensajito al celular.
Priorizo que las nenas tengan a su papá en los momentos de celebración. Sus padres siempre están ahí para acompañarlas. El tiempo es nuestro testigo.
lunes, 31 de marzo de 2008
Padres ex pareja
Dimes y diretes
[ "La separada" ]
Muchas personas recibieron con sorpresa la decisión. Nuestra pareja nunca había mostrado discusiones, desacuerdos, hasta podría decirse que era "la pareja perfecta" en apariencia. No participé a nadie de la decisión hasta que estuvo tomada, ni a familiares ni a amigos.
Contrariamente a lo que pensaba (uno de mis temores era enfrentar a mis padres), recibí mucho apoyo por parte de ellos. Mi cuñado, quien suele mantenerse al margen de las cuestiones estrictamente familiares, fue una de las personas que incluso me habló momentos antes de dudar por todo el cambio y dolor que significaría para las nenas. Fue la primera vez que expuso su palabra. Me pidió permiso y opinó. Fue muy claro en su mensaje. Me habló de que la vida se plantea de manera diferente para cada persona. A mí me había tocado lidear con una madre enferma. Mis hijas tendrían que enfrentar la realidad de que sus padres no podían continuar como pareja. También sentí en ese sentido su apoyo.
Pero si bien recibí la comprensión de todos, ya no podía caminar por la calle de la misma manera.
Temía que pesara el mote de "separada", no en el círculo íntimo porque me conocían bastante bien, pero sí entre las personas del entorno más grande, por ejemplo, los padres de compañeritos de las nenas.
Lamentablemente por ese año muchas de las personas de nuestro círculo también se separaron y hasta llegó a ocurrir que en el curso de la nena mayor, había un 30% de padres separados. No eramos los primeros ni los últimos.
Me atemorizaba pensar en qué dirían, tanto es así que en principio no hablé del tema abiertamente. Pero sí lo hizo mi hija mayor. Empezó a preguntar entre su grupo de compañeras por la experiencia de cada una. Buscó apoyo entre sus pares. De ahí empezaron a circular las diferentes historias, hasta que me animé a conversarlo discretamente con una de las mamás. Incluso hubieron algunas que no lo advirtieron hasta tiempo después, porque con su papá continúabamos con la rutina en relación a nuestra presencia en actos escolares, o la entrada o salida de la escuela.
Con el tiempo me fui tranquilizando y aceptando mi nueva situación.
Sólo mucho tiempo despúes me volvería a preocupar, cuando encaré una nueva relación.
Ahí me empezó a pesar esto de estar separada. Pensaba ya no en mí, sino en qué le dirían a la otra persona, ya que no sólo estaba separada sino que también era mamá de dos nenas. Teniendo en cuenta que la otra persona es soltera, unos años menor y sin chicos, entendía que su círculo de amistades pudiera tener reparos. No me conocían, por tanto, no podían sopesar otras cosas. Esta fue una gran carga para mí durante mucho tiempo. Hoy no.
Hace muy poco tiempo esa persona me dijo: "No importa lo que digan, lo importante es que te elijo yo". No hizo falta decir nada más.
El supermercado y la visita al pediatra
[ Uno ve lo que quiere ver ]
Los primeros fines de semana de mi separación también los dedicaba a realizar las compras en el supermercado (luego pasé a hacerlo de manera online).
Puede parecer un hecho insignificante, pero no lo fue. Esa recorrida por las góndolas y la larga espera de la fila que no avanzaba frente a la caja, me hicieron tomar distancia por un momento de la escena real, para detenerme en las imágenes, especie de instantáneas, que sólo me devolvían fotogramas recurrentes: un chango repleto de comida, un bebé sentado en la sillita, otros chicos correteando a su alrededor mientras circulaba, y una pareja. Esa era mi imagen obsesiva. No podía ver que el supermercado convocaba a personas mayores, personas solas, hombres o mujeres. Mi mirada únicamente se depositaba y recursaba sobre la imagen de una familia llevando un carrito de compras. Y no era una familia cualquiera. En mi fantasía todo ese grupo familiar se veía feliz, armónico. Justamente lo que había perdido.
La consulta a la pediatra tampoco fue una experiencia muy diferente.
Estaba acostumbrada a ocuparme de esa tarea sola. Pero luego de separada, mi mirada se depositaba en las parejas (sobre todo primerizas, con chicos pequeños) que celebraban como un gran acontecimiento familiar, la visita al médico de cabecera.
Me detenía a mirar cada detalle (los gestos entre ambos, las miradas, las conversaciones, los modos que tenían con los chicos). Cada una de mis observaciones reafirmaba mi línea de pensamiento: los demás pueden tener una familia felíz, yo no pude sostenerlo en el tiempo.
Recuerdo que este tema fue motivo de varias de mis sesiones de terapia. Con mucha paciencia mi analista me llevó a correrme de esa imagen. Me llevó a plantearme por qué pensaba que “era gente feliz” (nadie sabe lo que ocurre puertas adentro), a poner en tela de juicio mis observaciones y no quedar “pegada” a la falta. Seguía teniendo una familia, básicamente ahora conformada con mis hijas, y de alguna manera, con mi ex esposo continuábamos siendo padres para las chicas. En ese momento no podía verlo. Me llevó mucho tiempo despegarme de esa imagen idealizada para trabajar en replantear mi familia más pequeña, pero tan familia como cualquier otra, más o menos felíz, dependiendo de las circuntancias.
Sacando la basura
[ Los pequeños hechos que dan cuenta de la realidad ]
Fue la primera noche que tuve que cerrar la bolsa de la basura y bajarla a la calle. Me recuerdo aún bajando las escaleras de casa, y en el trayecto, sentir que me invadía una gran angustia (mis lágrimas brotaban lentamente y sin esfuerzo).
Abrí la puerta del frente y recorrí unos pocos metros hasta el lugar donde debía depositarla. La apoyé lentamente. Miré a mi alrededor. La ciudad estaba en silencio y casi no circulaba nadie por el barrio.
Me detuve un momento antes de irme. Repasé mentalmente la acción de dejarla sobre el piso y lloré. Me di cuenta que estaba sola. Esta era una de las tareas que como parte de la rutina hogareña estaba a cargo de quien fuera mi marido.
Fue solo un instante. Un breve momento que me mostró que las cosas habían cambiado.
Aunque parezca absurdo implicó mucho más que sacar los desperdicios del día. Hoy pienso que marcó el momento de hacerme cargo de mí misma y de sacar afuera los residuos de una historia personal marcada por vínculos no sanos. Trascendía la separación.
La familia Ingalls
[ Un mundo ideal ]
El artículo de "Cómo vivir un gran amor" fue una señal, pero no la única. Lo decisivo fue el intercambio de correos que comencé a tener con un amigo de la adolescencia. No había tenido noticias suyas durante 15 años e inesperadamente reapareció en mi vida. El mail inicial fue muy escueto, con solo los detalles más importantes, ya que ahora ambos teníamos nuestras familias, pareja e hijos. Pero los sucesivos empezaron lentamente a descubrir para mí, una verdad que estaba latente. Ponerle en palabras detalles, anécdotas de mi cotideaneidad, me hicieron reflexionar y tomar conciencia de las disfuncionalidades presentes en mi relación de pareja. Con este amigo instauramos así un diálogo mediatizado (ya que vive a 1000 km) que me colocó en un punto de no retorno. Mi vida ya no pudo volver a ser lo mismo. Sus preguntas me llevaron necesariamente a pensar en cómo había construido mi vida. Advertí con gran dolor que la había cimentado sobre la base de una idealización pueril en un intento por compensar situaciones irresueltas de la infancia. Había inconscientemente querido construir una familia al modelo de La Familia Ingalls (serie televisiva norteamericana que planteaba la vida de una familia rural donde siempre predominaba la armonía). Pero una cosa es la ficción y otra muy diferente, la realidad.
Mi realidad estaba teñida de disfuncionalidades, productos de las inconsistencias personales. Eso fue lo que comencé a trabajar en mi terapia personal. Esto fue lo que me llevó a preguntarme qué quería para el futuro. Esto fue lo que me llevó a decidir que tenía mucho trabajo que hacer conmigo misma, retomar "los pendientes", porque de otra forma, seguiría mintiéndome de alguna forma y no podría estar en paz.
Como vivir un gran amor
[ Lo que no quise ver ]
Una amiga residente en Madrid (España) me había mandado un artículo titulado "Cómo vivir un gran amor". Recuerdo haberlo abierto, leído, guardado en mi rígido, pero también encontrarle un contenido vacío, sin resonancia personal.
Pasaron meses, me había levantado ya angustiada (sin motivo aparente) y antes de iniciar mi rutina laboral en casa, lo busqué. Algo me llevó a la necesidad de leerlo.
Ese día comprendí el mensaje del psicólogo, autor del escrito, quien en un taller para parejas me hablaba de las "heridas de la infancia" y de los desaciertos en las elecciones, producto de relaciones poco sanas. En ese instante se hizo transparente algo que no había visto hasta el momento. Sus palabras quedaron resonando en mi: "un amor sano saca lo mejor de uno mismo". El bienestar de una pareja depende del vínculo construido, pero por sobre todas las cosas, depende de cómo estamos, ya que la pareja es reflejo de uno mismo. Como broche final agregaba: "para vivir una gran relación hay que amarse uno mismo". Algo en lo que yo hacía agua.
Mi angustia se acrecentó y sólo atiné a tomar el teléfono para decirle a mi marido que esta vez necesitaba de su apoyo, necesitaba empezar una terapia.
La primera sesión de orientación marcó una diferencia: planteé que necesitaba estar sola. Necesitaba pensar y trabajar en mí. Esto dio un viraje inesperado a mi vida, que seis meses después decantaría en una separación. Entretanto, fui empezando a desanudar una gran trama de situaciones personales irresueltas de larga data.