viernes, 4 de abril de 2008

El adjetivo que escuché doce meses

[ Responder a los hijos ]

En casa hubo mucho enojo expresado de muy diversas formas. El padre pasó a ser la figura defendida a raja tabla y yo, la "mala de la película". No puedo traducir en palabras el inmenso dolor que implica escuchar que tu propio hijo te rechaza o agrede, producto de su propio dolor. Aceptar una separación, nadie la acepta totalmente, ni los propios padres, menos aún los chicos. Siempre existe la fantasía de que esto pueda volver atrás. Pero yo, aunque no pudiera explicarle muchas cosas a mis hijas, no podía deshacer lo que había ocurrido en nuestra pareja. Un día hablamos del amor y que este sentimiento era la base para que una pareja continuara junta. Mi verdad era que me había dado cuenta que no podía querer más a su papá. Les expliqué que el sentimiento hacia la pareja puede cambiar, no así el amor de una madre a un hijo. Eso es incondicional. Puede lastimarse, resentirse pero perdura, es más fuerte que la razón o cualquier otro sentimiento. Insistí en mi verdad.
Mi hija mayor dijo cosas terribles, que no pude contestar. Sólo me decía que tenía que confiar en que el tiempo acomodara las cosas y que quizás algún día lograra comprender mis motivos.
La más chiquita gritaba a través de sus broncoespamos.
Las noches se convertían en pesadillas, porque era el momento en que más sentían la ausencia del padre, ya no estaba para el momento de la cena.
Pero al cabo de mucho tiempo, pasados dos años, hubo una cena familiar diferente.
Aún lo recuerdo. La más chiquita empezó a preguntar por qué su papá y yo vivíamos en casas diferentes. Empecé a explicarle y fue cuando la más grande reaccionó y le dijo casi textualmente: "Yo sufrí mucho cuando se separaron, pero es mejor así. Ya no discuten. Estamos mejor así". Acto seguido, le contó de otras compañeritas que también habían pasado por lo mismo.
Jamás imaginé que estaría algún día conversando con mis hijas sobre un tema tan duro. Ese día rescaté más que nunca la importancia del diálogo. La verdad siempre termina siendo el camino más llano para enfrentar situaciones dolorosas. Esa noche, hablamos tranquilamente de nuestros sentimientos. Fue una cena en paz.

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