sábado, 5 de abril de 2008

Festejo en grande (de cal y arena)

[ Uno de mis mejores cumple ]

Siempre fui esquiva a festejar mi cumple. Desde la infancia era una fecha asociada a temores e incluso recuerdo la vez que la fecha pasó casi inadvertida para la familia en medio de otras complicaciones.
Pero el cumple del 2006 me encontró otra vez enamorada. Estaba saliendo y probando una relación totalmente diferente con ese ser especial para mí, mi compañero circunstancial de trabajo y amigo de chat. Empezaba a sentirme otra vez viva. Las cosas se estaban encaminando. Las nenas estaban a pleno con sus actividades. La separación con su padre ya formaba parte de su realidad. Si bien los horóscopos auguraban que sería un año dificil (666), redacté un mail para todos mis amigos y los invité con un día de quinta. Era el lugar perfecto para los adultos y también para los chicos porque tenían juegos y espacio.
Preparé todo. Nos tocó un día espectacular. Mis hijas lo disfrutaron al máximo. Siempre me lo recuerdan. Hubo música, juegos y todos mis amigos. Más que festejar un año más, quería celebrar que ya había podido reorganizar nuevamente mi vida y que podía sola. Me había costado mucho llegar hasta allí.
Reuní a amigos que hace tiempo no veía. Otra vez estaba con mis amigas. Por mucho tiempo había postergado mi relaciones con amistades, absorbida en la vida matrimonial. Hoy por hoy las cosas eran distintas. Había aprendido a no desatender los espacios individuales.
Recuerdo el comentario de una de ellas, que me conoce hace 20 años. "Me alegra que estés bien, me alegra que tengas una persona así a tu lado. Me alegra verte sonreir. Me alegra que hayas vuelto a ser la Corina que todos conocíamos". Esto último fue lo más definitorio.
Fue, lejos, uno de mis mejores momentos.
Los meses pasaron y parecieron autocumplirse los malos augurios.
Esa persona que tanto quería decidió cortar nuestra relación abruptamente. Volvió el dolor y los esfuerzos para transitar esta nueva separación lo mejor posible.
A los tres meses murió mamá, aunque esto lo tomé como una bendición porque la vida fue injusta con ella. Una enfermedad casi silenciosa había enajenado su vida. Pero también implicaba otra separacíón.
Tres meses más tarde, me presentaron un muy buen señor (el posible hombre de mi vida, según su sobrina y amiga mía, pero a 800 km). Volví a sentir amor, pero la distancia no pude soportarla. Necesitaba presencia. Tampoco podía cambiar mi vida y sobre todo la de mis hijas de un momento para el otro. Meses despúes decidí cerrar esa relación, aunque hoy podamos conservar la amistad de meses de chat.
Entré en crisis nuevamente. Lloré mi angustia los fines de semana hasta que próxima a llegar mi cumpleaños 39 me dije que no podía hacerme esto. Reanudé la terapia que había cerrado meses atrás. En mis primeras sesiones le dije a mi nueva terapeuta que había decidido ponerme bien. Puse todas mis energía en planificar arreglos y cambios en casa. Dicen que cuando uno se moviliza exteriormente es porque algo en su interior también está transfomándose. Así fue.

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